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Bajo el cielo fiel Junio corría

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Bajo el cielo fiel Junio corría arrastrando en sus aguas dulces fechas, ardientes horas en la luz deshechas, frutos y labios que mi sed asía. Sobre mi juventud Junio corría: golpeaban mi ser sus aguas flechas, despeñadas y obscuras en las brechas que su avidez en ráfagas abría. Ay, presuroso Junio nunca mío, invisible entre puros resplandores, mortales horas en terribles goces, ¡cómo alzabas mi ser, crecido río, en júbilos sin voz, mudos clamores, viva espada de luz entre dos voces!  Octavio Paz

La casa

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No cabe duda. Ésta es mi casa aquí sucedo, aquí me engaño inmensamente. Ésta es mi casa detenida en el tiempo. Llega el otoño y me defiende, la primavera y me condena. Tengo millones de huéspedes que ríen y comen, copulan y duermen, juegan y piensan, millones de huéspedes que se aburren y tienen pesadillas y ataques de nervios. No cabe duda. Ésta es mi casa. Todos los perros y campanarios pasan frente a ella. Pero a mi casa la azotan los rayos y un día se va a partir en dos. Y yo no sabré dónde guarecerme porque todas las puertas dan afuera del mundo. Mario Benedetti

Lluvia

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En Lima…En Lima está lloviendo  el agua sucia de un dolor  qué mortífero. Está lloviendo  de la gotera de tu amor.  No te hagas la que está durmiendo,  recuerda de tu trovador;  que yo ya comprendo…comprendo  la humana ecuación de tu amor.  Truena en la mística dulzaina  la gema tempestuosa y zaina,  la brujería de tu “sí”.  Más, cae, cae el aguacero  el ataúd de mi sendero,  donde me ahueso para ti…    César Vallejo

Paraíso perdido

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A través de los siglos, por la nada del mundo, yo, sin sueñó, buscándote. Tras de mí, imperceptible, sin rozarme los hombros, mi ángel muerto, vigía. "¿Adónde el Paraíso, sombra, tú que has estado?" Pregunta con silencio. Ciudades sin respuesta, ríos sin habla, cumbres sin ecos, mares mudos. Nadie lo sabe. Hombres fijos, de pie, a la orilla parada de las tumbas, me ignoran. Aves tristes, cantos petrificados, en éxtasis el rumbo, ciegas. No saben nada. Sin sol, vientos antiguos, inertes, en las leguas por andar, levantándose calcinados, cayéndose de espaldas, poco dicen. Diluidos, sin forma la verdad que en sí ocultan, huyen de mí los cielos. Ya en el fin de la tierra, sobre el último filo, resbalando los ojos, muerta en mí la esperanza, ese pórtico verde busco en las negras simas. ¡Oh boquete de sombras! ¡Hervidero del mundo! ¡Qué confusión de siglos! ¡Atrás, atrás!¡Qué espanto de tinieblas...

Sensación de olor

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FRAGANCIA de lilas... Claros atardeceres de mi lejana infancia que fluyó como el cauce de unas aguas tranquilas. Y después un pañuelo temblando en la distancia. Bajo el cielo de seda la estrella que titila. Nada más. Pies cansados en las largas errancias y un dolor, un dolor que remuerde y se afila. ...Y a lo lejos campanas, canciones, penas, ansias, vírgenes que tenían tan dulces las pupilas. Fragancia de lilas... Pablo Neruda

La chica

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El árbol ha penetrado mis manos La savia ha remontado mis brazos, El árbol ha crecido en mi pecho Hacia abajo, Las ramas salen de mí, como brazos. Árbol tú eres, Musgo tú eres, Eres las violetas con el viento encima de ellas. Una chica —muy alta— tú eres, Y todo esto es locura para el mundo. Ezra Pound

Alturas de Macchu Picchu

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VI Entonces en la escala de la tierra he subido entre la atroz maraña de las selvas perdidas hasta ti, Macchu Picchu. Alta ciudad de piedras escalares, por fin morada del que lo terrestre no escondió en las dormidas vestiduras. En ti, como dos líneas paralelas, la cuna del relámpago y del hombre se mecían en un viento de espinas. Madre de piedra, espuma de los cóndores. Alto arrecife de la aurora humana. Pala perdida en la primera arena. Ésta fue la morada, éste es el sitio: aquí los anchos granos del maíz ascendieron y bajaron de nuevo como granizo rojo. Aquí la hebra dorada salió de la vicuña a vestir los amores, los túmulos, las madres, el rey, las oraciones, los guerreros. Aquí los pies del hombre descansaron de noche junto a los pies del águila, en las altas guaridas carniceras, y en la aurora pisaron con los pies del trueno la niebla enrarecida, y tocaron las tierras y las piedras hasta reconocerlas en la noche o la muerte. Miro las vestiduras y las manos, el vestigio del ag...